La Capilla Sixtina

«Santuario de la teología del cuerpo humano» (Juan Pablo II)

Simbología del profeta Ezequiel

 

Ezequiel 02PF OK

Aparece después de que lo hayan interrumpido cuando estaba leyendo su pergamino, con un putto asustado a su izquierda (el lado negativo), y parece estar pidiendo consejo al ángel que está a su derecha. Este ángel levanta tranquilamente su brazo derecho, el del poder, y casualmente mostrando un estupendo y fuerte bíceps izquierdo, mientras que con la mano derecha señala hacia arriba, en dirección al origen de su fuerza vencedora: el Todopoderoso. El profeta mira las manos del niño. La mano derecha del hombre de Dios está abierta en la típica actitud oratoria, y en la izquierda sostiene un rollo desenrollado a medias y cubierto en parte por signos gráficos indescifrables.

En esta ocasión, las dos parejas de falsos atlantes parecen ser niños varones; se hallan de espaldas y de través delante del tejido que constituye, como de costumbre, el fondo de la pareja. El que está en el exterior apoya una mano sobre los hombros del que se halla en el interior; su desarrollada musculatura induce a pensar que se trata de figuras masculinas.

Detrás de la cabeza del profeta, Miguel Ángel pintó la cara de un niño que dirige su mirada hacia atrás, en dirección al espacio anterior de la capilla. Efectivamente, Ezequiel mira hacia la entrada, pues sus ojos observan las manos del otro niño que señalan hacia lo alto. Se trata precisamente del profeta que cantó la entrada de la Gloria de Dios en el templo a través de su puerta oriental (Ez 43, 2). Tal como ocurre en la basílica de San Pedro, también en la Sixtina, erigida paralelamente a ella, la entrada está orientada a Oriente. En la capilla, Ezequiel se halla a la altura del cancel de piedra que separaba el santuario del sanctasanctórum, y todavía hoy debajo del profeta se encuentra el púlpito. Pero si Ezequiel dirigiera la mirada en la dirección que señala el índice del niño que lleva el manto de color verde claro -se trata probablemente de una niña-, descubriría la escena de la Creación de Eva, que Miguel Ángel pintó en la bóveda, exactamente en el centro de la capilla.

Ezequiel 02En su Oración de la Inmaculada, Francesco della Rovere cita el pasaje del libro de Ezequiel que los mariólogos relacionan con la figura de la Virgen: «Luego me condujo a la puerta exterior del santuario, del lado de oriente, que estaba cerrada. Y el Señor me dijo: esta puerta permanecerá cerrada y no se abrirá, nadie pasará por ella, porque por ella ha pasado el Señor, Dios de Israel…» (Ez 44, ls).

Francesco della Rovere también habla de Eva como prototipo de la Inmaculada. Si Adán y Eva fueron creados sin pecado original, «era conveniente» que la «Virgen, que llevó en su seno al Dios y hombre y por medio de la cual el mundo volvió a gozar de la salvación y que, debido a su indecible humildad, mereció convertirse en madre de Dios, tuviera algo más eminente de cuanto se les concedió a Adán y Eva, con quienes se inició la culpa original». Eva, creada sin pecado, es el prototipo de María, concebida sin pecado para que, sin haber conocido hombre, pudiera convertirse en madre del Hombre-Dios. Para el teólogo franciscano y futuro papa Sixto IV, María es también aquella puerta de entrada que, según la profecía de Ezequiel, estaba cerrada. Ezequiel se halla representado encima de la puerta que solamente el Papa, en sustitución de Cristo, podría cruzar para entrar en el sanctasanctórum de la capilla acompañado por sus clérigos. Los laicos debían resignarse a permanecer en el santuario, es decir, en el espacio anterior al cancel, lugar donde Miguel Ángel pintó la Creación de Eva en el punto más elevado de la bóveda. La relación simbólica es transparente: María es la nueva Eva, figura de la Iglesia fundada sobre la sangre derramada de Cristo, el nuevo Templo “reconstruido en tres días”, de donde ha sido eliminado el pecado.

La representación de las tres cabezas sigue posiblemente la interpretación trinitaria enunciada por Agustín sobre el alma humana. La cabeza del niño pintado detrás de la nuca del profeta simboliza la facultad de la memoria; Ezequiel encama el intelecto, y el niño desnudo representa la voluntas, la voluntad. Este último permanece de pie encima del libro situado en el asiento del trono, lo que indica que no procede únicamente del niño pintado detrás del profeta, sino también del libro y, por lo tanto, también del profeta. Esta composición significa que Ezequiel comprende perfectamente lo que ve y lo traduce en palabras mediante su oratoria. Se halla totalmente imbuido por la inspiración, el viento que también acaricia los cabellos de ambos niños y agita el  manto verde claro de la voluntas. Se diría que acaso Miguel Ángel quiso referirse al sexto libro de la Eneida, donde se describe que la Cumana recibió la inspiración del espíritu divino: «adflata est numine».

Ezequiel viste el color rojo del amor. El chal de la oración, de color azul claro, alude a la contemplación de las cosas celestiales, sobre las que llama la atención con ambas manos el niño que encarna la voluntad. El manto tiene el tono violeta de la penitencia, ya que Ezequiel, como hizo Egidio de Viterbo, invitó repetidamente a sus contemporáneos a que hicieran penitencia.

Al lado de los falsos atlantes vemos a un demonio de color del bronce que empuja fuertemente con el pie la semipilastra, como si quisiera derribar la divina arquitectura. En dirección al altar, junto a este demonio, uno de sus compañeros se apoya con todas sus fuerzas en la otra falsa semipilastra. Los dos desnudos broncíneos, unidos por el bucráneo de un carnero, se corresponden con la creación de Adán en la bóveda de la capilla. Les sigue una pareja de niños-atlantes y de nuevo otra sibila.

Representa la perseverancia para mantenerse en el camino hasta alcanzar la victoria final.

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