La Capilla Sixtina

«Santuario de la teología del cuerpo humano» (Juan Pablo II)

Cueva de los demonios

Infierno 09a

Y bajó luego del cielo y los devoró. Y el diablo… fue arrojado al estanque de fuego y azufre.
(Apocalipsis 20, 9-10)

  “Y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”
Mt 13, 50

Cuerpos envueltos en llamas, un rostro aterrorizado y esquelético, ojos vacíos que expresan sólo horror, pero sobre todo una obscuridad profunda que las llamas pueden apenas iluminar. Miguel Ángel plasma con eficacia la idea de un castigo inevitable y definitivo. De nuevo la referencia a la Divina Comedia, en la que Miguel Ángel se ha inspirado a menudo, es obligada. Los pocos elementos figurativos, verdaderamente esenciales, parecen dar cuerpo al verso del Infierno dantesco: “Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis.”

Para realzar dramáticamente una de las oposiciones fundamentales del Juicio Final -la del bien contra el mal-, Miguel Ángel situó la boca cavernosa del Infierno debajo de Cristo, en la parte inferior del fresco, con lo que ésta hacía también de punto de apoyo de la primera banda de la representación.

Juicio FInal Puerta del Infierno 04a

Tres demonios acechan a la izquierda del eje vertical que divide al fresco por la mitad. Un monstruo simiesco y musculoso se acuclilla en el centro del trío y gruñe al espectador desde el fondo de la caverna. A la derecha, otro grotesco demonio, con cuernos y patas ferinas, se agazapa con las manos en los muslos, observando a un compañero arrodillado del que apenas vemos la pierna y la nalga izquierdas; este último alarga su brazo a través de una oquedad lateral de la cueva intentando agarrar una serpiente enroscada en las piernas de un alma a la que un ángel levanta en dirección al Cielo. El diablo de los cuernos empuja con su espalda la bóveda de la caverna como anhelando ascender con los bienaventurados, hacia los que dirige su mirada. Sin embargo, dolientes y derrotados por el poder divino, tanto él como sus compañeros están condenados a su encierro en los confines de la caverna.

A los demonios, de hecho, tan sólo se les permite el descenso a los infiernos. De este modo, un diablo erguido y vuelto de espaldas a la derecha del eje central desciende en grotesca marcha -atenido, por otra parte, al movimiento general de la mitad derecha-, abarcando con sus brazos abiertos las llamas infernales.

·Simbolismo

·Galería

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